El arte del desplazamiento



Cada fin de semana los Traceurs (nombre que se le da a las personas que practican) se reúnen en el parque Simón Bolívar para entrenar, sin importar el clima o las circunstancias, dan todo de ellos para cada día “saltar más alto”, normalmente es un grupo de entre 10 y 15 jóvenes que con sudadera y zapatos cómodos retan el destino haciendo “trucos”, que para cualquier persona podrían parecer descabellados y hasta peligrosos.

El Parkour es una disciplina que surgió en Francia en los años 80, inicialmente por Rayomond Belle, y luego por su hijo David Belle que con un grupo de amigos se denominaban los “Yamakasi” que significa (“espíritu fuerte, cuerpo fuerte, hombre fuerte”); el Parkour se popularizó en el 2000 y ahora es conocido como el nuevo deporte urbano.

Camila, una joven trigueña de 17 años, vestida con una sudadera negra, un esqueleto rosa y unas zapatillas negras, cuenta que: “Varias veces me he fracturado y lo único que pienso es en recuperarme rápido para seguir saltando, no es sencillo, mi familia piensa que es un riesgo lo que hago y no me apoyan”, así como la historia de Camila, son varios los padres descontentos con la actividad que sus hijos decidieron adoptar; pero, esto no es un obstáculo para ellos que con disciplina y pasión, rompen las barreras de las dificultades para seguir luchando cada día  por ser los mejores.

En este mundo no hay discriminación, ni preferencias pues mujeres y hombres; grandes y chicos entrenan con la misma intensidad, sin importar cuantas veces fallen, deben tener la fortaleza para levantarse, sacudirse y volver a saltar hasta que el “truco” les salga perfecto. Se reúnen a las nueve de la mañana todos los sábados y domingos; hacen un calentamiento, que contiene cardio, ejercicios de estiramiento, acondicionamiento físico y una correcta respiración, y luego si, ¡a saltar!.

Andrés un chico flaco y de piel blanca que  trae un jogger  gris,  un camibuso blanco y unos tenis blancos, es el más pequeño del grupo, tiene 14 años y lleva más de un año practicando, el orden y la fortaleza que ha tenido durante este tiempo, hace que sus maniobras sean casi mágicas, me pregunta si quiero verlo saltando, le digo que sí y con una sonrisa en su rostro sale corriendo hacia una pared, se impulsa con sus pies y logra una vuelta de 360 grados, Jairo (el mayor de todos y el que les da las instrucciones) aplaude y le dice: “Que buen “mortal”, peque”.

Un fin de semana, en uno de los parques más visitados en Bogotá, es normal ver miles de personas, jugando fútbol, armando castillos de arena, ejercitándose o simplemente tomando el sol, pero, sin duda los saltos, gritos de fuerza y “volteretas” que hacen los Traceurs llaman la atención de muchas personas; así, fue como hace más o menos cuatro años, Jairo un joven de 28 años, alto, acuerpado y de piel morena, que hoy trae una sudadera azul con verde, decidió enseñarles a todos esos jóvenes que venían a ver como el saltaba, las pautas necesarias para lograr los trucos que él realiza.

“Hace como cuatro o cinco años practico aquí, y después de algunos meses, empecé a notar que tenía un público que me observaba mientras entrenaba, un día un muchacho alto se me acercó y me pidió que le enseñara”, desde ese día Jairo y Brian entrenan cada fin de semana, y poco a poco ha ido llegando más gente con la misma ilusión de aprender a saltar y girar por los aires.

Han tenido grupos grandes, pero tienen muy claro que esta práctica no es para todos, pues se necesitan muchos factores para realizarla, entre: fuerza, disciplina, orden y responsabilidad; características que sumadas al riesgo que se corre hace que muchos “practicantes” desistan de la idea.

Un fuerte grito de dolor y el sonido de un golpe, me hacen brincar, una joven de cabello largo recogido en una coleta se ha resbalado y ha caído al suelo, con preocupación me acerco mientras otro joven le da la mano para que se levante, se sacude la ropa, se toca el hombro y sale otra vez a correr, mientras me quedo observándola, Jairo me explica que es normal: “Aquí todos sufrimos al menos una caída a diario, lo único que podemos hacer es levantarnos, limpiarnos y seguir”, supongo que esas peligrosas caídas que sufren son insignificantes ante la satisfacción que se marca en sus rostros cuando el truco planeado les sale bien.

El reloj marca la una de la tarde y el cansancio se empieza a notar en la cara de todos, Jairo los llama les da algunas palabras de aliento, “van muy bien, son fuertes, son guerreros y saltan más alto”, cada uno se despide con una sonrisa en su rostro, toman sus cosas y empiezan a retirarse de la zona que escogieron hoy para entrenar.


Jairo se despide de mí, no sin antes invitarme a intentarlo la próxima vez, me río y le digo que quizás algún día, me da la mano y toma su camino, me quedo sentada por un rato mirando las fotos que logre tomar de los chicos en el aire, considerando la posibilidad de experimentar la libertad que deben sentir justo ahí donde retan la gravedad y adornan el más bajo cielo.