Cuando cae la noche


Sábado, el reloj está a poco de marcar las seis de la tarde y ya se sienten las brisas que trae la clásica noche capitalina, el cielo empieza a tomar un color negruzco, alumbrado con algunas estrellas que aquí solo son opacadas por el humo de los visitantes, un largo camino empedrado de subida, se aleja del ruido que hay unos metros más abajo y traslada a una época antigua.
Una plazoleta rodeada de restaurantes, cafés, y tiendas de diferentes cosas y adornada con una pequeña fuente en piedra, utilizada como recostadero para dejarse llevar por los cantos y cuentos que se amenizan en un lugar inundando con olor a café, chicha, marihuana y cigarrillo, donde los gritos y risas amenizan la noche fría.

Sus visitantes le otorgan un ambiente jovial a este sitio bogotano, entre gustos musicales, preferencias gustativas, actitudes y aspectos, se observa una perfecta combinación de nacionalidades y personalidades, atraídas a un mismo punto que te ofrece un buen rato de relajación y esparcimiento.

Sentada en aquella fuente empiezo a hacer parte de las historias y risas de todos aquellos jóvenes que le han cambiado la esencia original a este lugar, debajo de aquel arco veterano, rojo con 12 espacios haciendo referencia a las 12 chozas de la fundación y una estatua de un malabarista en su cima aludiendo a la cultura aquí presente; jóvenes con diferentes historias, se ganan la vida con expresiones artísticas; entre cuenteros, malabaristas, comediantes, artesanos e incluso retratistas le regalan una salida fantasiosa a todos los bogotanos y extranjeros que deciden darle a sus noches festivas un toque cultural.

Con sus paredes y murales, el Callejón del Embudo es sin duda el más pintoresco, con sus hostales de blancas y lilas paredes o sus restaurantes y chicherías con murales de naturaleza mostrando parte de la biodiversidad del país o las tiendas de artesanías y trencerías de “dreds” para los amantes de la cultura reggae, y no se puede echar a un lado al callejón de Las Brujas, un trozo de camino adornado por un bello balcón del restaurante El Gato Gris, muy tradicional entre las parejas para sus aniversarios o solo para disfrutar una buena taza de chocolate espumoso santafereño, adorna con sus faroles el callejón dándole un aura mística y encantadora que solo en esta parte de la ciudad se puede ver.


Es un lugar mágico el cual no se debe pasar desapercibido y se le debe dar de mucha importancia siendo la cuna de la ciudad y parte de su historia está entre estas casas y callejones.