El viaje de Coco
Había una vez un perrito
llamado “Coco”, era muy terco y soñador, tanto que él deseaba conocer a los
dinosaurios; cada mañana, cuando Dyland, su amo, salía a estudiar, él emprendía
la búsqueda de aquellos antiguos animales, iba por los parques, bosques y calles
cerca de su hogar, pero no los lograba encontrar.
Una mañana decidió volver al
bosque, pero, ¡esta vez iría más lejos!, camino y camino tanto, que se perdió.
Cuando ya iba a caer la noche, “Paul”, el búho, escuchó un llanto cercano,
siguió aquel sonido y encontró al pobre perrito tirado en el piso llorando
- ¿Por qué
lloras? – le preguntó.
- Me
he perdido, tengo mucha hambre y está haciendo frío. Le contesto “Coco”.
- ¿Pero
por qué estás aquí?, este no es un lugar para un perro como tú.
- ¡He
venido para buscar dinosaurios!
- ¿Dinosaurios?
Yo puedo ayudarte con eso, pensó “Paul”, y así iniciarían una nueva aventura,
él conocía el lugar perfecto para “Coco”.
En el pueblo donde nació hay
un antiguo museo mágico, dicen que los cuadros son puertas hacia los mundos
reflejados en sus pinturas, solo allí “Coco” podría conocer no solo
dinosaurios, sino miles de mundos fantásticos.
Después de un largo viaje,
llegaron al museo; “Coco” estaba tan emocionado que no le había prestado
atención a todas las advertencias que “Paul” le hacía acerca del museo y los
peligros que podría correr si no las cumplía, como si de un mantra se tratase
le repetía:
- Recuerda
que no debes hablar o los guardianes del museo, nos escucharán.
- No
debes olvidar que basura en el museo no puedes dejar porque los guardianes nos
descubrirán.
- Y,
por último, tu reloj no lo puedes dejar, porque a las tres en punto el portal
se cerrará.
Una última vez el búho le
pregunto:
- ¿Estás
seguro de que conoces todas las reglas?
Coco entusiasmado con poder
ver a sus animales favoritos, mintió y le dijo: – Sí.
Cuando llegaron a la sala de
los dinosaurios, el perrito salió corriendo y entró al primer cuadro que se
encontró; al entrar vio una selva de dimensiones gigantes, llena de grandes
árboles siendo devorados por aquellos animales que tanto soñó encontrar, estaba
tan emocionado que no le prestó atención a nada más que a sus enormes amigos.
El tiempo pasó tan rápido que ahora el reloj anunciaba que faltaban 15 minutos
para las tres y “Coco” aún no salía, “Paul” muy desesperado decidió entrar en
la pintura para encontrarlo.
Continuará…