Al toro no lo capan dos veces



Era una tarde lluviosa y decidí salir a tomar algo para calentarme el cuerpo, llegué a un café bar muy conocido de la gran ciudad, me senté y pedí una cerveza, me di cuenta de que el hombre sentado a mi lado me estaba observando más de lo normal, y era bastante guapo; le sonreí y se levantó de su mesa, llegó a la mía y me pidió permiso para sentarse, acepté.

Empezó a preguntarme por mi vida, mis gustos y mis pasatiempos, la charla se fue haciendo más amena conforme el reloj avanzaba, le conté de mi vida y, por encima, me contó de la suya, sentía una extraña conexión que generaba confianza y una energía agradable.

Se reía de mis anécdotas, pero, muy en el fondo lo notaba triste, la intriga me ganó o quizás el espíritu periodístico de querer saberlo todo, me atreví a preguntarle qué era lo que le atormentaba la calma; suspiro con nostalgia y mencionó la palabra amor; aunque quería saber más no me salían las preguntas, que no fueron necesarias porque me empezó a contar.

“Yo era un gran capo, me decían el “Toro”; creé uno de los carteles más importante del país, era el dueño y señor de la coca, tenía un poder inmenso pero un talón de Aquiles también; como para todos, las mujeres y el dinero eran mi debilidad, ¡Ayy las mujeres!, esas ingrata sí que me han hecho sufrir, sobre todo esa”, con curiosidad pregunté

       - ¿Esa ingrata?

      - Se llamaba Karime.

Era la prepago más linda del mundo, al principio fue solo deseo, pero se fue convirtiendo en mi debilidad y me enamoré; le di todo a esa mujer, ¡todo!; y me pagó mal. Empezó a salir mucho con “amigas”, llegaba tarde o no llegaba, empecé a sospechar que me estaba siendo infiel y puse a uno de mis hombres a vigilarla, no tardó mucho en descubrirla; esa noche, cuando llegó a la casa, intentó fingir que nada pasaba, la invité a cenar y en un sobre le entregué las fotos que mi hombre de confianza le había tomado con su amante, empezó a llorar y desconsolada me pedía perdón, yo estaba dolido, pero la amaba como a nadie.

Me dijo que no la dejara, que ella jamás me volvería a fallar porque me amaba, decidí darle otra oportunidad, pero no confiaba en ella de la misma manera, y siempre tuve a mi hombre vigilándola, todo parecía normal, llegaba temprano a casa y no ya no andaba con secretos, creí que por fin había cambiado.
Un día recibí una llamada del hombre que tenía vigilándola.

      - ¿Qué pasó loco?

      - Patrón se la volvió hacer

     - ¡Esta perra!

Esta vez me llené de rabia estaba muy dolido, una vez más esa “perra” me la había hecho, no aguante más, cuando llegó  a la casa de un “pepazo” en la frente la maté; es que “al toro no lo capan dos veces, señorita”.

De un solo sorbo se terminó la cerveza y se levantó de la mesa.